lunes, 25 de julio de 2011

Voy persiguiendo mi verdad


No sé por qué, pero el norte me hace sentir muy bien. Es raro, porque encuentro un contrasentido muy importante
entre sentirme bien, y estar en el norte: ¿cómo ver, percibir, sentir la pobreza al lado mío puede hacerme sentir bien? ¿Cómo estar en contacto con todo aquello de lo que paso mis horas quejándome, puede llenarme tanto el alma?

Tratando de pensar un poco en esta contradicción, encuentro algunas explicaciones:

En principio creo que es por la naturaleza, por esa capacidad inmensa del verde de hacerme sentir desposeído de todo lo material, y feliz de estar sólo en contacto con lo que la madre tierra tan sabiamente ha sabido crear.
También pienso que son las cataratas, su frescura, su inmensidad, lo sublime que se las ve, y
esa sensación de pequeñez y humildad que siento cuando las veo. Puedo pasar horas al lado de la Garganta del Diablo, simplemente, mirando. Nunca ví algo tan majestuoso ni tan hermoso como ese paisaje, acompañado por la selva y sus matices, y de las sensaciones que sólo ese contexto sabe generar en mí.

De todos modos, creo que nada de eso es suficiente para explicar lo que me pasa en el norte... es una sensación de plenitud, una sensación muy contradictoria, de bronca por todo lo que veo, pero de verdad a la vez. Creo que ese es el punto: VERDAD. Eso es lo que respiro en aquellos lados, que no puedo respirar en mi lugar de orígen: el aroma de la VERDAD.
¿Por qué digo esto? Realmente tiene que ver con mucho de lo que ya he contado en este blog, acerca del país en el que vivimos, un país donde el negocio político y la demagogia están a la orden del día, y donde nos hacen creer que vivimos en un país primermundista. Las cadenas nacionales son un arma de doble filo: cuando deberían comunicar las más importantes verdades, hoy se encargan de propiciar la mentira más grande y peligrosa. Por suerte nunca creí en ese discurso, y me esfuerzo por observar la otra realidad: la pobreza creciente, el regalismo, el fomento del analfabetismo, la carencia de políticas que creen trabajo. Pero claro que es difícil llevar la bandera de la verdad que yo observo, cuando la oficial es la otra, y lamentablemente, es creída por tanta gente.

Soy de una ciudad pequeña, y resido por estudios en una mediana, donde los efectos de los que suelo hablar son notorios, pero están bien disfrazados con netbooks, asignaciones, planes laborales, clientelismo... pero un poco más al norte de nuestro territorio ¿quién puede esconder lo que uno ve desde que baja del micro? Allá mi verdad se corrobora como en ningún otro lado, y me hace sentir que no estoy tan loco. Me desalienta, claro, pero a la vez me impulsa a seguir llevando como estandarte mis ideales, para algún día contribuír desde mis pequeñas posibilidades con esa juventud que debe salir a pedir monedas, porque no tiene para comer, y por tanto, no puede educarse. ¿De qué sirven las netbooks, si miles de jóvenes tienen que mendigar un poco de comida? En Misiones, no se puede tapar el sol con una mano, no se puede creer en un discurso que no se parece ni un poco a lo que vemos.

Respirar verdad, por dura que sea, me llena el alma. Mil veces prefiero ver esa verdad que me entristece, que escuchar la más perfecta mentira que me dibuje una sonrisa, pués aceptar que estamos en problemas es el primer paso para salir de ellos, algo de lo que hoy estamos MUY lejos.

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